lunes 27 de octubre de 2008

Homicidas Sueltos



La locura uruguaya no repara en taliones.
Al contrario, justifica homicidios, aplaude violaciones, desenmascara hipocresías culturales.
La semana pasada, un soldado, un uruguayo que volvía de su trabajo, vivió acaso una de las más inmundas expresiones de una sociedad que desde hace mucho dista de aquella Suiza de América de la que nos hablaron nuestros padres.
Clever, tuvo que bajarse de su camioneta porque se había quedado sin combustible.
Caminó por la ruta hasta una estación de servicio para solucionar su problema.
Cuando volva a su camioneta con la típica bolsa en la que te venden gas oil, otra camioneta que venía a altísima velocidad clavó sus frenos junto a él y sus dos ocupantes comenzaron a insultarlo.
“Devolvé lo que nos robaste” le insistían totalmente fuera de sí.
Vano fue el intento de Clever de explicarles que él no les había robado nada.
Comenzaron los palazos, los golpes, las torturas.
Talión asqueroso que justifica los medios.
Poco importa si les habían robado mucho o poco.
Está claro que de sensaciones térmicas inocuas -las que menciona la ministra- está harta la gente.
Y de primitivas auto defensas y justicias de mano propia, saben como nadie las irracionales expresiones ciudadanas que cada día se ven más en nuestra vida.
A Clever Sosa, lo confundieron con un ladrón, pero hagamos un ejercicio dialéctico y coloquémoslo en el escenario culpable: digamos que el soldado efectivamente había robado algo.
La respuesta ciudadana fue en patota, y los guapos de arrabal le exigieron que se rociara el mismo todo el gas oil en su cabeza y cuerpo.
Luego lo intentaron prender fuego.
Ah, por si faltaba algo, le gatillaron 3 veces una pistola en su cabeza.
La bala no salió.
El encendedor tampoco quiso aparecer en los diarios junto a dos homicidas y acaso por ello no se prendió.
Solo por ello, no murió carbonizado.
Después que Clever recibió cientos de golpes, y cuando la tortura lo doblegaba, cayó al piso pensando que no podría despedirse de sus hijos antes de morir asesinado.
Los delincuentes, asesinos, homicidas, víctimas de un robo, se fueron puteando a buscar al verdadero ladrón luego de comprender que se habían equivocado de presa.
Seguramente, esa noche, cenaron en una mesa junto a sus esposas e hijos y les hablaron de la falta de seguridad que impera por estas tierras.
Y tal vez, mencionaron la falta de mano dura de la ministra que “no hace nada” por ellos y probablemente le dieron un beso en la mejilla a sus hijos antes de dormir.
Y por ahí, hasta alguno de los dos delincuentes, rezó antes de irse a la cama.
Empero, las crónicas no dicen si algún juez penal tomó cartas en el asunto, y se ocupó de impartir justicia con el calvario de Clever, como así también si se encargó de proteger a las familias (a las de ellos, obvio) de esos dos homicidas que andan sueltos por la vida.
Talión incomprensible e irracional el que a diario justifica a homicidas puritanos locales.
Bendito país, la Suiza de América que le dicen…
Clever no entiende explicaciones.
Agradece poder seguir viendo crecer a sus hijos.
Nadie lo llamó desde el gobierno ni desde el Estado, ni desde la Justicia, ni desde el ministerio del Interior para hablarle de sensaciones térmicas ni de inseguridades ciudadanas.
De disculpas no sabe casi nada el Estado omnipresente del Uruguay actual.
Al parecer porque están ocupados con la campaña electoral que desvela a nuestros gobernantes.
Bendito progresismo y socialismo diet.
Bendito sillón al que aspiran los servidores de la patria.