Cuando leí en un periódico que varios policías asesinaron a un pibe uruguayo de veintipico de años, por si acaso (porque en realidad no había cometido ningún delito) intenté comprender la lógica del miedo.
Me han robado muchas veces -dentro y fuera de Uruguay- por lo que he aprendido a entender que la delincuencia no tiene nacionalidad.
Los pibes chorros uruguayos no tienen nada que envidiarle a los ingleses, a los marroquíes, a los mexicanos, a los argentinos o a los españoles.
Sin embargo, cada víctima de un asalto, una rapiña, un copamiento no repara en nimiedades como el entorno cultural, familiar y social del victimario.
Es obvio que los niños o jóvenes delincuentes son un producto de la sociedad.
Nos duela o no aceptarlo, son consecuencia inevitable de una estructura social que desprecia conciencias, omite responsabilidades, discrimina desiguales.
El joven que mataron en una comisaría (después que estaba esposado) no supo de alegatos, ni de igualdad de oportunidades.
Mientras lo estrangulaban esposado, Daniel Martins de tan solo 27 años, seguramente pensó que el país donde vivía no era la misma tierra de Artigas que le contaron en la escuela.
Me han robado muchas veces -dentro y fuera de Uruguay- por lo que he aprendido a entender que la delincuencia no tiene nacionalidad.
Los pibes chorros uruguayos no tienen nada que envidiarle a los ingleses, a los marroquíes, a los mexicanos, a los argentinos o a los españoles.
Sin embargo, cada víctima de un asalto, una rapiña, un copamiento no repara en nimiedades como el entorno cultural, familiar y social del victimario.
Es obvio que los niños o jóvenes delincuentes son un producto de la sociedad.
Nos duela o no aceptarlo, son consecuencia inevitable de una estructura social que desprecia conciencias, omite responsabilidades, discrimina desiguales.
El joven que mataron en una comisaría (después que estaba esposado) no supo de alegatos, ni de igualdad de oportunidades.
Mientras lo estrangulaban esposado, Daniel Martins de tan solo 27 años, seguramente pensó que el país donde vivía no era la misma tierra de Artigas que le contaron en la escuela.
Siempre me conmovieron las historias de vida que se escudan en la cruel realidad de los pibes chorros que invaden las portadas de los informativos de la TV y ocupan el mayor destaque de las tapas de los diarios.
La lógica mediática que supone maleantes, malhechores -donde vayas, donde te encuentres- omite a los otros delincuentes, a los que asesinan inocentes, estrangulan sospechosos por las dudas.
Y por si fuera poco, en esta escenografía cruel, se amenaza de muerte a los policías que osaron denunciar el crimen ante la Justicia.
Algo estamos haciendo mal en nuestra sociedad.
Hace unos pocos días, me encontré en el cyber espacio con un inolvidable y querido compañero de escuela.
Un fenómeno, Javier Villar (“el indio”), me hablaba y me recordaba los días de inocencia y de incredulidad por los que transitamos los integrantes de nuestra generación. Allí aparecieron María Carratú, Rossana Sismondi, Marcelo Libbi, Gabriela D'Angelo, Juan Pablo Gempel, Rossina Bianco, Pilar Suárez, Cristina Gamarra, Alvarito de los Campos, Hugo Garcés, Rossana Néstoras, y tantos mas...
Luego, rememorando las calles de Pocitos, las caminatas por la hermosa avenida Brasil rumbo a Chucarro, las meriendas en el patio de la escuela Brasil, las risas en las paradas del 121, recién allí comprendí que soy -somos Javier- privilegiados al poder conllevar este presente difícil, complejo, contradictorio, pero siempre propio, algo cómplice, porfiadamente nuestro.
Lo que cuesta asumir, es el difícil destino al que hemos sentenciado a demasiados pibes chorros uruguayos que saben que su futuro está fatalmente decidido por una sociedad que no sabe de diferentes, no asume disidencias.
Algo hicimos mal.
En algo nos equivocamos.
De lo contrario no podríamos estar matando por las dudas.
O dicho de otra manera, no deberíamos leer en los diarios que asesinaron a un uruguayo de veintipoco por si acaso.
La lógica del miedo no puede justificar homicidios.
Ni siquiera puede aceptar taliones
No debería ser así el Uruguay que le vamos a dejar a nuestros hijos.




