Casi nadie quiere a los abogados.
Carroñeros, desalmados, inescrupulosos, insensibles.
Así se los ve en muchos casos.
Personalmente siempre me fascinó la abogacía y por ello pasé algún tiempo en los atiborrados salones de la Facultad de Derecho.
Hoy, por primera vez desde que abrí este espacio de reflexión, de debate, de intercambio de información e ideas, me voy a referir a una experiencia estrictamente personal, que formó parte sustancial de estos últimos años de mi vida.
El destino, o tal vez las vueltas de la vida me llevaron a denunciar en distintos juzgados al nauseabundo Federico Fasano y a sus socios Alberto Grille (Caras & Caretas), Alberto Grille (h.), Pablo Fasano, Marcelo Ortega y Sixto Amaro, como así también a las sociedades que habían formado para evadir impuestos y realizar diversas maniobras publicitarias contra el Estado.
Fue una batalla tan dura como desigual.
Ellos tenían una estructura milimétricamente pensada no solo para enriquecerse ilegalmente, sino también contaban con la complicidad del silencio oficial y el temor a las conocidas campañas de desprestigio de las tapas del matutino seudo plural.
Pasé años recorriendo juzgados, intentando respuestas, soportando presiones, recibiendo amenazas y comprendiendo la difícil tarea que significa para un ciudadano de a pie, lograr que la Justicia actúe, juzgue y condene a los que por tantos años se consideraron intocables y se jactaron de su impunidad.
El caso finalizó.
Ya se cumplieron todas las eternas etapas procesales.
La Justicia se expidió.
Lo voy a decir en el lenguaje callejero y descarnado, nada más lejano a la prosa intelectual o periodística: otra vez les gané por paliza.
Por destrozo.
Quedó palmariamente demostrado quienes mentían y quién decía la verdad.
Perdón amigo lector que me detenga en mi pequeño mundo personal solo por hoy pero necesitaba hacerlo.
Siento un profundo orgullo de esta batalla ganada.
No fue fácil.
Al contrario, fue tremendamente doloroso y, por momentos, absolutamente desmoralizante.
Como -por ejemplo- cuando amigos del alma me decía que abandonara la pelea porque nunca los iban a condenar.
Y me consta que lo decían con afecto y dolor.
Sin embargo, hoy puedo mirar a los ojos a mis hijos y explicarles que en la vida vale la pena pelear por defender sus derechos.
Hay que hacerlo por más inalcanzable que parezca el objetivo final.
Así de simple.
No valen los renunciamientos cuando de dignidad se trata.
Y esta fantástica proeza judicial que egoístamente celebro hoy, en momentos en que la emoción y los balances ocupan la agenda de fin de año, quiero agradecer a quienes son los verdaderos responsables de esta victoria de la dignidad, es decir, a quienes asumieron con generosidad, esfuerzo, inteligencia y coraje la defensa de mis intereses y batallaron incansablemente contra los que se jactaban de ser impunes.
No puedo dejar de agradecer a todos y cada uno de los integrantes del estudio jurídico Freira & Asociados.
Desde las recepcionistas, María y Cecilia Kaszczynice, hasta el director Carlos María.
Los que apenas estuvieron algunos meses y quienes trabajaron muchos años en mi expediente.
Todos fueron parte sustancial, todos aportaron su granito de arena.
Aprendí a conocer un grupo de trabajo fantástico.
Empero, especialmente les quiero expresar mi eterna gratitud, mi mayor agradecimiento, mi total admiración a dos personas que dejaron el alma en cada instancia judicial y que no bajaron nunca los brazos para pelear con inteligencia, con talento, con audacia, con muchísimo coraje y con inquebrantable valor enfrentando en condiciones desiguales a los abogados de Fasano y de sus socios.
Rodrigo Díaz Amonte (“Chiqui” para los amigos) y Carlos María Freira Serrat.
Rodrigo fue el incansable batallador diario.
Carroñeros, desalmados, inescrupulosos, insensibles.
Así se los ve en muchos casos.
Personalmente siempre me fascinó la abogacía y por ello pasé algún tiempo en los atiborrados salones de la Facultad de Derecho.
Hoy, por primera vez desde que abrí este espacio de reflexión, de debate, de intercambio de información e ideas, me voy a referir a una experiencia estrictamente personal, que formó parte sustancial de estos últimos años de mi vida.
El destino, o tal vez las vueltas de la vida me llevaron a denunciar en distintos juzgados al nauseabundo Federico Fasano y a sus socios Alberto Grille (Caras & Caretas), Alberto Grille (h.), Pablo Fasano, Marcelo Ortega y Sixto Amaro, como así también a las sociedades que habían formado para evadir impuestos y realizar diversas maniobras publicitarias contra el Estado.
Fue una batalla tan dura como desigual.
Ellos tenían una estructura milimétricamente pensada no solo para enriquecerse ilegalmente, sino también contaban con la complicidad del silencio oficial y el temor a las conocidas campañas de desprestigio de las tapas del matutino seudo plural.
Pasé años recorriendo juzgados, intentando respuestas, soportando presiones, recibiendo amenazas y comprendiendo la difícil tarea que significa para un ciudadano de a pie, lograr que la Justicia actúe, juzgue y condene a los que por tantos años se consideraron intocables y se jactaron de su impunidad.
El caso finalizó.
Ya se cumplieron todas las eternas etapas procesales.
La Justicia se expidió.
Lo voy a decir en el lenguaje callejero y descarnado, nada más lejano a la prosa intelectual o periodística: otra vez les gané por paliza.
Por destrozo.
Quedó palmariamente demostrado quienes mentían y quién decía la verdad.
Perdón amigo lector que me detenga en mi pequeño mundo personal solo por hoy pero necesitaba hacerlo.
Siento un profundo orgullo de esta batalla ganada.
No fue fácil.
Al contrario, fue tremendamente doloroso y, por momentos, absolutamente desmoralizante.
Como -por ejemplo- cuando amigos del alma me decía que abandonara la pelea porque nunca los iban a condenar.
Y me consta que lo decían con afecto y dolor.
Sin embargo, hoy puedo mirar a los ojos a mis hijos y explicarles que en la vida vale la pena pelear por defender sus derechos.
Hay que hacerlo por más inalcanzable que parezca el objetivo final.
Así de simple.
No valen los renunciamientos cuando de dignidad se trata.
Y esta fantástica proeza judicial que egoístamente celebro hoy, en momentos en que la emoción y los balances ocupan la agenda de fin de año, quiero agradecer a quienes son los verdaderos responsables de esta victoria de la dignidad, es decir, a quienes asumieron con generosidad, esfuerzo, inteligencia y coraje la defensa de mis intereses y batallaron incansablemente contra los que se jactaban de ser impunes.
No puedo dejar de agradecer a todos y cada uno de los integrantes del estudio jurídico Freira & Asociados.
Desde las recepcionistas, María y Cecilia Kaszczynice, hasta el director Carlos María.
Los que apenas estuvieron algunos meses y quienes trabajaron muchos años en mi expediente.
Todos fueron parte sustancial, todos aportaron su granito de arena.
Aprendí a conocer un grupo de trabajo fantástico.
Empero, especialmente les quiero expresar mi eterna gratitud, mi mayor agradecimiento, mi total admiración a dos personas que dejaron el alma en cada instancia judicial y que no bajaron nunca los brazos para pelear con inteligencia, con talento, con audacia, con muchísimo coraje y con inquebrantable valor enfrentando en condiciones desiguales a los abogados de Fasano y de sus socios.
Rodrigo Díaz Amonte (“Chiqui” para los amigos) y Carlos María Freira Serrat.
Rodrigo fue el incansable batallador diario.
Me acompañó en todas y cada una de las instancias judiciales.
Nunca faltó.
Nunca faltó.
Nunca flaqueó.
Nunca.
Me hacía seguirle el paso por las calles de la ciudad vieja corriendo detrás suyo para llegar a los juzgados en tres o cuatro minutos a las audiencias porque hasta último momento corregía los escritos.
Yo llegaba destrozado, casi sin aire y él estaba como si nada, listo para dar batalla.
En una entrevista que me realizaron hace un tiempo lo comparé con Obdulio Varela en Maracaná, cuando tomó la pelota bajo el brazo luego del gol de Brasil y desafió a los 200.000 rivales que festejaban en las tribunas nuestra derrota parcial.
Rodrigo siempre hizo lo mismo.
Siempre fue la voz de aliento en las derrotas parciales que vivimos muchas veces en este largo y doloroso proceso.
Un monstruo Rodrigo.
Un fenómeno.
Un tipo sensacional.
Valiente como pocos.
Admirable como pocos.
Y el capitán del barco fue Carlos María Freira Serrat.
Una de las inteligencias superiores de este país.
Talentoso, analista, creativo, detallista.
Carlos siempre te sorprendía con una lectura nueva de cada párrafo de los escritos.
Y en las audiencias demostraba una increíble e insuperable capacidad para improvisar respuestas orales como contra ofensiva a las maniobras que presentaban los abogados de los demandados.
Un tipo brillante.
Uno de los hombres más inteligentes que conocí en mi vida.
Y un tipo sensible.
Preocupado por cuestiones sustanciales de la vida misma y el respeto por los valores humanos.
Ahora, el destino, le colocó a su frente -una vez más- un desafío de vida, pero, esta vez, bastante más difícil y doloroso que una pelea judicial.
Me consta, estoy convencido, que una vez más, Carlos y su familia derrotarán a la injusticia.
El y los suyos saldrán íntegros adelante.
Juntos, Carlos, sus hijos y su amada y valiente esposa seguirán recorriendo una vida de afecto, humanismo, valor, hidalguía, coraje y amor.
Me hacía seguirle el paso por las calles de la ciudad vieja corriendo detrás suyo para llegar a los juzgados en tres o cuatro minutos a las audiencias porque hasta último momento corregía los escritos.
Yo llegaba destrozado, casi sin aire y él estaba como si nada, listo para dar batalla.
En una entrevista que me realizaron hace un tiempo lo comparé con Obdulio Varela en Maracaná, cuando tomó la pelota bajo el brazo luego del gol de Brasil y desafió a los 200.000 rivales que festejaban en las tribunas nuestra derrota parcial.
Rodrigo siempre hizo lo mismo.
Siempre fue la voz de aliento en las derrotas parciales que vivimos muchas veces en este largo y doloroso proceso.
Un monstruo Rodrigo.
Un fenómeno.
Un tipo sensacional.
Valiente como pocos.
Admirable como pocos.
Y el capitán del barco fue Carlos María Freira Serrat.
Una de las inteligencias superiores de este país.
Talentoso, analista, creativo, detallista.
Carlos siempre te sorprendía con una lectura nueva de cada párrafo de los escritos.
Y en las audiencias demostraba una increíble e insuperable capacidad para improvisar respuestas orales como contra ofensiva a las maniobras que presentaban los abogados de los demandados.
Un tipo brillante.
Uno de los hombres más inteligentes que conocí en mi vida.
Y un tipo sensible.
Preocupado por cuestiones sustanciales de la vida misma y el respeto por los valores humanos.
Ahora, el destino, le colocó a su frente -una vez más- un desafío de vida, pero, esta vez, bastante más difícil y doloroso que una pelea judicial.
Me consta, estoy convencido, que una vez más, Carlos y su familia derrotarán a la injusticia.
El y los suyos saldrán íntegros adelante.
Juntos, Carlos, sus hijos y su amada y valiente esposa seguirán recorriendo una vida de afecto, humanismo, valor, hidalguía, coraje y amor.
Amigo lector, perdón por destinar (solo por hoy) estas líneas en primera persona para desahogar tantos sentimientos y compartir tantas emociones personales.
Mañana, volveremos a hablar de Uribe, de los Kirchner, de Chávez, de Astori, de los niños que duermen en las calles y de tantas cosas que compartimos en este Blog y que refieren a las preocupaciones que nos unen en busca de un mejor futuro para nuestros hijos.
Necesitaba este espacio de reflexión en complicidad con usted que -le consta- ya es parte de mi camino.
Lo vivido estos años fue una parte sustancial de mi vida.
Gracias por comprenderme.
Gracias por acompañarme.
Feliz Año 2009.
Mañana, volveremos a hablar de Uribe, de los Kirchner, de Chávez, de Astori, de los niños que duermen en las calles y de tantas cosas que compartimos en este Blog y que refieren a las preocupaciones que nos unen en busca de un mejor futuro para nuestros hijos.
Necesitaba este espacio de reflexión en complicidad con usted que -le consta- ya es parte de mi camino.
Lo vivido estos años fue una parte sustancial de mi vida.
Gracias por comprenderme.
Gracias por acompañarme.
Feliz Año 2009.





