viernes 12 de junio de 2009

El desliz


Algo falló.
Muchos dirán que la responsabilidad es de los padres.
Y sí, un poco obvio.
Pero, y si la respuesta es: “no”?
O: “tal vez”, o: “compartida”?
Lo cierto es que cuando llegan las autoridades con toda la ampulosidad típica de las comitivas oficiales (la misma, igualita en gobiernos de izquierda o de los partidos tradicionales) a entregar las computadoras del fantástico Plan Ceibal (revolucionario, democratizador, dignificador) el barrio tiembla de emoción.
Los niños por fin, reciben una ínfima parte de lo que debería otorgarle la sociedad a quienes se cayeron del sistema.
Porque no hay lugar en el mundo para esos mocositos de 5 o 6 años.
Viven en basurales, a veces descalzos, casi no comen y difícilmente sueñen un mundo mejor.
El día que llegan las cámaras de televisión, los trajes y las corbatas de los señores grandes, ellos saben que algo especial va a ocurrir.
Cambia el paisaje del barrio, cambia el olor del barrio.
Llegó el día que les van a entregar “su” computadora.
La mejor computadora del mundo.
Y comienzan las risas nerviosas de niños y niñas; las lágrimas de las madres y abuelas; las miradas de orgullo de maestras y auxiliares.
Pero, como suele suceder en la vida, la realidad se encarga de recordarnos que todo tiene su contracara.
En la última entrega de las computadoras, hubo varios niños que vieron como sus compañeros de clase y tal vez, de banco, se llevaban radiantes de felicidad sus trofeos, pero ellos se quedaban con las manos vacías.
No importa cuál fue la escuela porque –sinceramente- fue una coincidencia que yo ese día pasara por ahí.
Pudo haber sido cualquiera, porque luego de un par de llamados, me enteré que no es la primera vez que sucede.
Los niños no tenían cédula y por ello se quedaron con las manos vacías.
Se te partía el alma al verlos irse con toda la sensación que existía algo especial en sus vidas de lo que jamás se podrían separar: la terrible y cruel realidad del abandono y el desprecio.
Quiso el destino (otra vez empecinado, otra vez cruel) que un par de esos niños que se volvieron a su rancho con las manos y el corazón vacíos, se subieron a un carro tirado por un caballo viejo, muy viejo, pero muy viejo y cansado mismo, justo delante de donde yo estaba parado.
Supongo que el padre o padrastro o vaya a saber quién era, ese que los había ido a buscar con el carro por la escuela, era uno de los responsables de lo que les estaba pasando por no haberles sacado la cédula.
Supongo.
Seguramente no el único.
Acaso, a las autoridades implicadas les faltó un poco de sentido común y un poco de cintura, como para encontrar una solución intermedia o parcial.
Lo que está claro, es que los únicos que no son responsables del problema -sino todo lo contrario- como siempre, se trata de los más indefensos, los niños.
Ellos no tenían la culpa de nada y recibieron una bofetada terrible, demasiado cruda, demasiado dolorosa.
Claro que –seguramente- alguien podrá pensar que ya están acostumbrados a ese tipo de golpes e incluso a otros mucho peores. Como que están curtidos.
No sé, lo que sí se es que algo falló.
Como siempre se podrá minimizar, se podrá decir que fue un desliz del sistema y del Plan Ceibal.
Te aseguro que si hubieras estado ahí, coincidirías conmigo que fue terrible.
Se te partía el alma a verlos irse con su derrota en la mochila.
Pesaba toneladas esa mochila.
Y no era –precisamente- por los cuadernos y los lápices.