
Esta semana se conoció el pedido del fiscal de la causa Cromañón, de 23 años de prisión para el empresario Omar Chabán por el delito de “incendio seguido de muerte” y el pago de coimas por el siniestro ocurrido en diciembre de 2004.
Asimismo, el fiscal Jorge López Lecube solicitó 17 años de cárcel para el sub comisario Carlos Díaz, 15 años para los integrantes de Callejeros y varios años de penitenciaría para otros funcionarios de menor rango.
Tanto los integrantes de la banda, como los funcionarios responsables de las medidas de seguridad de los locales bailables nocturnos, como el polémico Chabán, intentaron durante el desarrollo de la causa, eludir y auto eximirse de responsabilidades por la muerte de 194 personas, en su gran mayoría jóvenes.
Poco les importó las vidas truncadas, las historias desgarradoras vividas, las familias destrozadas por la inacción oficial, por la ambición desmedida en el lucro empresarial, por la avaricia, por la inconsciencia de algunos pocos que tentaron a la muerte.
Ayer, repasando la causa, recordé una de las tantas historias de amor y muerte que se produjeron en esa disco.
Era una pareja de novios de veintipocos años.
Cuando se produjo el incendio y las luces se apagaron, en medio del tumulto, no pudieron seguir tomados de la mano y fueron arrastrados por la confusión.
Alcanzaron a llamarse a gritos por sus nombres y luego, alguien, pudo rescatar al muchacho.
Según contaron luego amigos de la pareja, él volvió a ingresar a Cromañón a buscar a su novia para sacarla de allí.
No pudo.
El humo lo cubría todo y él falleció en el lugar.
La chica, sí fue rescatada vaya a saber por quién.
La trasladaron de urgencia, casi sin respirar hasta un centro médico de la zona, hasta que, luego de la reanimación en un improvisado CTI hospitalario de emergencia, allí sentenciaron su fallecimiento.
En la vorágine de la emergencia repleta de heridos y quemados, comprobaron que ya no respiraba y no aplicaron el protocolo previsto para un deceso.
Luego de una interminable despedida de sus familiares, cargada de besos y palabras de amor, la llevaron al depósito de cadáveres del Hospital donde se apilaban otros chicos y chicas como ella, a los que la vida les había jugado una macabra zancadilla.
Sin embargo, cuando el responsable de trasladar los cuerpos hacia la morgue -vaya a saber por qué señal del destino- la vio tendida en la camilla metálica, en ese instante, ese enfermero se acercó, y comprobó que aún le quedaba un hilito de respiración al que ella se aferraba para no irse demasiado pronto de esta tierra.
La muerte -obviamente- no quería conocerla aún.
Ella -gracias a ese enfermero emblemático- vivió para contarlo, y desde ese día, espera, con la foto de su amor en un rincón, encontrarlo arriba.



