
El negro Dolina decía (fantásticamente como siempre) en las Crónicas del Ángel Gris, que en la juventud uno no tiene que contarle a sus amigos las cosas que hace o que le suceden porque –precisamente- las vive con ellos, en cambio con el paso de los años, terminamos acostumbrándonos a ser meros relatores de aquellas andanzas cargadas magia, de afecto y de vida. El nuevo entorno de amistades que se va adquiriendo con el paso de los años ya no forma parte de la mayoría de las vivencias impregnadas de emoción y contenido tan inocentemente puro, profundo, y, en buena medida, se circunscriben, por ejemplo, a preguntar por la salud de algún pariente cercano; a indagar sobre la funcionalidad del deco digital recién instalado por la compañía de cable; la conveniencia o no de cambiar la vieja 29” por un plasma 24”; o cosas que alcanzan ese estatus de deshonrosa trascendencia.
Lo vivido en la adolescencia y, porqué no, algunos años después, sin embargo, nos marcó a fuego para toda la vida.
El concepto inquebrantable de la amistad como una religión quedó grabado a fuego en nuestra generación y grupo de amigos.
Así nos lo enseñaron los mayores, a diferencia de lo que suele suceder en estos devaluados tiempos de aislamiento afectivo, soledades del corazón y autosuficiencias del alma.
Manuales de autoayudas que se exhiben impúdicamente desde las góndolas de los supermercados, escritos por seudo filósofos caretas que se plagian entre sí y que omiten acaso una de las claves para la felicidad: la complicidad de la amistad.
El guiño de la historia vivida mano a mano, y no solamente a través de la web, ya sea por mail o por Facebook o mediante el celular.
Haber estado ahí.
Ayer, con la excusa de comer el mejor Sushi que preparan en Montevideo, nos encontramos en el restaurante japonés Kokoro de Emilio Ohno, después de diez largos (larguísimos años) con mi amigo y hermano de la vida Horacio Maglione.
Uno de los tipos más queribles que puedan existir en esta ciudad.
No hay forma de no quererlo.
A pesar de sus canas y de sus dos infartos a cuestas, importados de su estadía en Madrid, está igual.
Es como si el tiempo -en la esencia- no hubiera transcurrido.
Las cuatro horas nos quedaron cortas para contarnos todo lo que nos perdimos de vivir juntos estos años.
Y también nos quedaron cortas para repasar todo lo que sí vivimos juntos anteriormente.
Las ganadas y las perdidas.
Le cuento amigo lector, que las batallas ganadas fueron las protagonistas de la velada en un racconto en el que salieron victoriosas por destrozo.
Horacio es el último de los bohemios del Pocitos de antes.
Enfermo del trabajo, obsesivo en los detalles de su agenda, responsable, gran estratega a la hora de planificar su trabajo en la organización de eventos, sin embargo, no deja siquiera un minuto de su día sin preocuparse por sus amigos. Es más fuerte que él.
Me crié a metros del Club Trouville, y allí aprendí a conocer a una raza de tipos distintos a todos los demás que conozco.
Enamorados de la noche y de la bohemia, siempre al límite de la desprolijidad pero poseedores de una envidiable capacidad para mantener ese inconfundible aspecto de tipos serios. Por fuera obvio.
Bastaba rascar un poquito, y al instante emergía la verdadera condición de tomadores de buen whisky, casi todos hinchas de Trouville, generalmente blancos como hueso e’ bagual, generalmente bolsos, generalmente divertidos, generalmente infieles, generalmente buenos tipos, generalmente amigos de sus amigos.
Con códigos no escritos pero siempre respetados a rajatabla, de la bohemia, la noche y el alcohol.
Nunca dejaban tirado a nadie.
Nunca hablaban de ciertos temas de esos que es mejor no hablar.
Siempre eran los primeros si alguien tenía algún problema con su familia o el laburo.
Es una raza que de a poco se va extinguiendo.
Y acaso mi amigo Horacio Maglione es el último de los exponentes de aquella forma de entender la vida.
Es el más auténtico de todos.
El más amigo de sus amigos.
Un tipo con códigos de los de antes.
Hace ya un tiempo me enteré que el despreciable Federico Fasano le ofreció –a través de su hijo- un chantaje típico de ellos, tan ordinario como vulgar, terraja bah.
Le dijeron que si brindaba un testimonio judicial en mí contra, le proporcionarían el oro y el moro.
Tenía que contar "algo" que me pudiera perjudicar (no importaba qué) y sino sabía nada o no había nada que contar para ensuciarme lo inventara (tal como hicieron otros tantos falsos testigos, como Aquiles Milans, Elizabeth Laport y Fernando Zícari por ejemplo, a diferencia de otros que se mantuvieron dignos en su declaración y dijeron nada más que la verdad y toda la verdad, como Marcel Recalt, Pablo Esposto, Fernando Trápani, entre otros varios).
Horacio no tenía trabajo, y a pesar de ello, los mandó a cagar.
Literalmente los mandó a cagar.
Les explicó que estaba distanciado de mí (por no sé que pelotudez de esas que la vida te tira delante), pero que a pesar de esa distancia, él se seguía considerando mi amigo y que eso de andar traicionando a los amigos a cambio de una recompensa económica o laboral no se hace desde el Far West para acá.
Hay que ser demasiado chiquitito de alma para hacerlo.
Una rata, bah…
Luego de decirles todo eso, les presagió que iban a perder el juicio conmigo (algo que varios años más tarde efectivamente sucedió) y se fue caminando por la calle Garibaldi, sin laburo tal como había llegado a la reunión, sin un mango, pero con la misma dignidad con la que había llegado.
Al poco tiempo, Horacio volvió a estar lleno de trabajo, sin cagar a nadie, porque precisamente, es un tipo muy respetado en el ambiente, y cuenta con un currículum intachable en la organización de eventos. Lo convocan de innumerables empresas de plaza -muchas de las más prestigiosas que se encuentran en nuestro país- para contratarlo y él sigue con la misma sonrisa de siempre y la misma humildad de toda la vida.
Ayer tuve la necesidad de agradecérselo en persona, pero, sinceramente, casi no pude.
No me dejó.
Me dijo que no quería hablar del tema porque, obviamente para él, no había sido nada extraordinario lo que había hecho aquel día.
Sencillamente –me dijo- había hecho lo que él entendía que correspondía.
Lo que aprendió de niño, de adolescente y de más grande.
Ayer entre tragos, Sushi, risas y lágrimas, me reencontré con buena parte de mi vida.
Con una de las mejores partes de mi vida.
Un amigo adorable, querible, uno de los tipos más divertidos que conozco, gran padre, gran compinche, un eterno adolescente como le dijo su compañera Raquel, gran amigo de sus amigos, un tipo de esos que no abundan por ahí…
Amigo lector, tal vez me extendí un poco en esta puntual historia de vida personal, pero estoy seguro que usted comprendió mi guiño: no pierda más el tiempo, levante el tubo del teléfono y llame ahora mismo a ese amigo o amiga con la que por nimiedades de la vida se distanció hace vaya a saber que tanto tiempo y celebre una de las mejores cosas que tenemos en la vida: el elogio de la amistad.
martes 26 de mayo de 2009
Elogio de la Amistad
domingo 24 de mayo de 2009
Cenando con el Violador

Miles, decenas de miles, o tal vez cientos de miles, se reúnen frente a la pantalla cada noche, en familia, para ver y conocer hasta los más mínimos detalles de la violación del día.
Casi siempre son niños y niñas abusadas por integrantes del entorno más cercano de su familia o del barrio.
Atacan a sus víctimas, y luego les preparan las tostadas de la merienda o les cocinan la cena.
Tal vez al día siguiente reciben al resto de la familia para celebrar el cumpleaños de alguna tía o cuñada.
Y al día siguiente las volverán a violar como siempre.
Puede ser en Cerro Norte, en el 40 Semanas, en Pocitos, en Maldonado, en Melo, en Buenos Aires, en Boston, o en Irlanda.
La pandemia de la inmundicia no repara ni en puntos cardinales, ni en credos, ni en doctorados académicos.
Convengamos que en ese plano -al menos- la bestialidad criminal adoptó un pulcro estatus democratizante.
Asimismo, seguramente para regocijo de los jefes de informativos, los abusadores de menores se reproducen como hongos y surgen desde la infamia.
El rating celebra, las ratas corretean por los rincones, las pautas publicitarias piden a gritos un lugar en la tanda.
Una de las tantas historias que emergen del anonimato del silencio, muchas veces cómplice, muchas veces víctima del temor, y que se conocerá masivamente mañana en los diarios y noticieros (festejen informativos, festejen!), proviene de la localidad cordobesa de Morteros, que se encuentra a 269 kilómetros de la capital de la provincia.
La aberración no difiere de ninguna de las anteriores y de las que se seguirán cometiendo en el futuro.
Años de violaciones, años de amenazas, años de desprecio por la condición humana.
Vidas sentenciadas a un calvario eterno.
En este caso, dos hermanas fueron violadas durante años por su padre, su hermano y su abuelo.
La fiscal de Morteros, Betina Croppi, fue la que recibió la denuncia presentada por la madre de las pequeñas y luego de una investigación que duró casi un mes, y de exhaustivas pericias sicológicas se logró comprobar la responsabilidad de los tres acusados y familiares directos, y los delincuentes abusadores ya están en la cárcel, seguramente recibiendo por estas horas la cálida bienvenida que le otorgan los reclusos a los violadores, de acuerdo a los códigos que se manejan en las cárceles.
Ahora las niñas están bajo tratamiento médico y bajo el cuidado de la madre.
Pero tal vez el camino que comienzan a recorrer sea tan doloroso como el anterior.
El estigma de la degradación humana.
Un nuevo calvario les espera en su vida.
Pero en tres o cuatro días ya nadie se acordará de ellas.
Porqué habrán surgido otras historias tan desgarradoras como las de ellas.
Y el rating –se sabe- no puede detenerse en convalecencias menores.
Y mañana, o pasado, la familia -que suma histéricos puntos de mediciones de audiencia a los noticieros rojos de la TV- reunida frente a la pantalla en el confort del hogar, ya sintiendo el olorcito al caldo o a las milanesas de la cena, se conmueve con las víctimas del día, balbuceando en indignadas frases tipo: “que horror che… pobrecita, a ver che, subí el volumen que no escucho bien si la violó 10 o 15 veces antes de descuartizarla…”.
Luego de conocidos –violines mediante- la mayor cantidad posible de detalles, lo suficientemente crueles y macabros como para la ocasión, y luego de putear un buen rato a la ministra Tourné porque –obviamente- es la responsable y culpable de la inseguridad que reina dentro de cada casa y en cada familia donde se refugian las inmundas bestias abusadoras de menores, llegará el momento del zapping impostergable y de escuchar alguna frase tipo: “viejo, cambia y pone a Tinelli que hoy hay sentencia en Bailando Kids…”.
martes 12 de mayo de 2009
M’hijo el Flogger
A fines y comienzos de este siglo pasamos a ser el país de M’hijo el Empleado Público.
La obsesión, la esperanza, el cable a tierra, el salvavidas para el futuro de los jóvenes apenas constaba en conseguir un carguito (por concurso, amiguismo o como fuera) de chofer en Antel, servir café en el Palacio Legislativo o barrer las calles de Montevideo en nombre de Santa Mabel Lolo de las Reivindicaciones Todopoderosas.
Ahora está surgiendo una nueva generación que ya ni a eso aspiran.
Ni un mísero empleo público que les garantice inmunidad a los despidos y un sueldo seguro a fin de mes.
Pibes que ni estudian, ni trabajan, ni tienen expectativas de casi nada.
Casi no existen.
Al menos para el Estado y la sociedad es como si no existieran y apenas significan una cifra estadística para ser analizada en foros organizados por el Mides y auspiciados por la Unicef, o un objeto de análisis en algún salón de la Católica bajo el patrocinio de la Onu.
Demasiados jóvenes deambulan por las calles sin saber qué hacer de su vida.
Su único lugar en el mundo lo encuentran en una esquina a la noche, en alguna barra brava del algún club de fútbol o de basketball, o en algún baile de mala muerte.
Y luego que se termina ese instante de fama, dejan de existir para el resto.
Y acaso también para ellos mismos.
Ahora, de a poco se exhiben en Internet pidiendo que los escuchen.
Esta semana, la sociedad uruguaya se conmovió porque los presuntos homicidas de dos niños adolescentes se exhibieron en un Metroflog alardeando la muerte.
Antes los homicidas se escondían, ahora -al parecer- se muestran orgullosos con un cuchillo en la boca.
Es que ahora que el resto los conoce, pasaron a "ser alguien".
Encontraron –al fin- su lugar en el mundo.
Al prontuario ahora le llaman C. Vitae.
Acá estoy.
Ese que mató soy yo.
Ahora me conocen.
Los excluidos de antes ahora están dentro de algo.
La tan ansiada inclusión social
El orgullo de dejar de ser nada ni nadie en este mundo, a mutar -gracias a la web- en un monstruo conocido.
Tiempo de la Generación Flogger, que –entre otros tantos adolescentes perdidos- donde las hijas teens de famosos exhiben sus lolas, algunos estudiantes desnorteados muestran sus peinados excéntricos, y que también, cobija, a los hijos del desprecio por la vida.
Como estos dos que presuntamente asesinaron a dos niños por usar una cadenita de otro cuadro del que dicen ser hinchas ellos.
“Viejo, saltó la térmica…”
“Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte”.
Escuchando la fantástica voz del Nano Serrat cantando aquellas estrofas de Miguel Hernández dedicadas a su fallecido amigo Ramón Sijé, del poema Elegía, en el que casi al final le dice que quiere regresarlo porque “tenemos que hablar de algunas cosas, compañero del alma, compañero”, me atraganté con una lechuga al leer las declaraciones del senador Rafael Michelini hablando de Carámbula y Mujica.
Está claro que el astorismo se sabe en franca desventaja frente al carismático Pepe Mujica. La fotografía que muestran las encuestas no difiere con el paso de las semanas y a pesar del obsesivo y casi infantil esfuerzo del ex ministro de economía y de su asesor y responsable de campaña, Esteban Valenti, por intentar presentar ante los votantes de izquierda que Astori es algo así como un gemelo o clon de Tabaré Vázquez, si embargo los hechos demuestran que no lograron –hasta ahora- convencer a demasiados.
Por el contrario, parecería que la estrategia de Valenti de llevar al ex ministro al Club Arbolito, de hacerlo caminar por La Teja, de encargar gigantografías con la imagen de Vázquez y Seregni y de repetir hasta el hartazgo en sus discursos que solamente él es “la continuación” de la obra de Vázquez, hasta el presente ha provocado una suerte de incredulidad en los frenteamplistas.
Acaso por ello, el ferviente impulsor de su candidatura, el senador Michelini ahora ha salido algo así como a “quemar las naves” con trancazos y descalificaciones (de absoluto corte seregnista y unitario, obviamente) contra sus competidores de la interna José Mujica y Marcos Carámbula.
Michelini mandó pegar miles de calcos en los contenedores de Montevideo con la leyenda “No tires tu voto a la basura” en clara alusión al “voto útil”.
A Carámbula no le perdonan que le haya restado buena parte de los votantes que conforman el 10% que tiene el ex intendente canario.
Pero los agravios hacia Mujica vienen de más atrás.
Ya había dicho Astori en alusión a su ex compañero del Consejo de Ministros que no era confiable ni serio.
Ahora el senador del Nuevo Espacio dijo proyectando una eventual candidatura de Mujica en octubre, que el FA tiene una Ferrari y que no vale la pena que vaya con un Fiat 600.
Opa, opa, opa… que lindo nivel cultural che…
Debate de ideas que le llaman…
Esa debe ser la intelectualidad de la izquierda heredera de Quijano, Onetti, Alfaro, Chifflet, y tantos otros…
Ante esta demostración de unidad, fraternidad y compañerismo frenteamplista del astorismo, lo que va quedando claro es que en un eventual próximo gobierno de izquierda, el que resulte electo presidente deberá arreglárselas con malabares para lograr consensos a la hora de desarrollar el programa de gobierno.
Menos mal que lo importante es el pueblo y los compañeros del alma.
Obvio.
Menos mal…
miércoles 6 de mayo de 2009
Dr. Lecter (o el culto a la inteligencia y el talento)

Debo admitirlo, con los años, me estoy volviendo (peligrosamente) algo parecido a un viejo resentido.
Suelo detenerme más tiempo en señalar las cosas que aborrezco y no tanto en las que admiro.
Inevitablemente, eso me causa una suerte de fastidio que cargo en mi mochila.
Acaso por ello, hoy pensé que era hora de mutar –al menos por un tiempo- esa suerte de obsesión por la crítica y hablar de algo que me fascina y me conmueve.
Admiro profundamente la inteligencia.
Admiro los tipos que poseen el talento natural de trascender a la mediocridad y la chatura generalizada.
Admiro los tipos creativos en su más amplia acepción.
Hace un tiempo conocí –casi de casualidad- a uno de los más fantásticos exponentes de la admirable tradición argentina de humoristas gráficos, el fantástico Dr. Lecter.
El enigmático artista Dr. Lecter, emergió cuando la Argentina procesaba una de las peores crisis económicas, políticas y sociales de su historia- y lo hizo casi desde anonimato, con un mail que le envió a su círculo de amigos, y apenas en unas pocas horas, logró un merecido reconocimiento por su labor creativa.
Luego vino su Blog y luego todo lo demás.
Lo que inicialmente surgió como un chiste entre amigos se transformó en la punta de un iceberg de talento admirable.
El mágico Dr. Lecter había comenzado su carrera trabajando en agencias de publicidad pero el gran salto lo dio al integrarse al diario argentino Perfil.
Sus irónicas, profundas, admirables, maravillosas, descarnadas imágenes que se suceden permanentemente desde su Blog (sitio visitado por cientos de miles de personas) o desde las páginas del diario, conmueven, movilizan, fascinan.
Dr. Lecter es un increíble creativo inteligente, mordaz y talentoso como pocos.
Acaso una suerte de heredero de la más admirable tradición argentina de Fontanarrosa, Quino y tantos otros más.
Estimado y amigo lector, apenas por un instante, opté por exorcizar mi obsesiva idea de cuestionar tantas cosas y me detuve en el elogio de alguien que admiro profundamente.
Un tipo inteligente, mágico, culto en la mejor acepción de la palabra, maravillosamente creativo, un tipo crá.
Un crá de aquellos -mi amigo- el Dr. Lecter.
Estoy seguro que (como Gardel) el también nació en Tacuarembó...





