
El fantástico escritor y periodista argentino Martín Caparrós suele hablar de la peste del honestismo que padecen sus compatriotas.
Eso de “bueno, será un inepto pero al menos es honesto”.
Lo habla de una manera tan pero tan maravillosa como todo lo que inventa o todo lo que reconstruye.
Alan Pauls –a su vez- lo describió a él como nadie.
Pauls bromeó que se imagina a Caparrós diciendo: “Léeme o déjame”(…) “No me arrepiento de nada, no pienso cambiar nada y -lo que es más importante- estoy acá para sostener con mi cuerpo una y todas las páginas que circulan con mi firma”.Exactamente así es Caparrós y exactamente así me he decidido a robar esa máxima de vida hace ya un buen tiempo.
Y esto lo aclaro por un par de comentarios que recibí en la pandórica casilla de correos electrónicos de parte de un par de amigos que quiero mucho y por quienes siento una especial consideración personal e intelectual.
No me alcanza que los integrantes de este gobierno sean menos deshonestos que los demás, porque sencillamente ni siquiera me alcanza que sean honestos.
¿Es mucho pedir que sean inteligentes, eficientes, buenos gestores, buenos administradores y cuidadosos de las formas tanto como de los contenidos?
Las cuestiones personales y privadas de unos son menos o más cuestionables dependiendo de su grifa.
¿Vale reírse y hablar de borracho si es un ex presidente de centro y “pobres hombres que atraviesan un momento personal complicado” si esas mismas debilidades personales las tienen algunos de los de este lado?
Si el Sunca le pasa un presupuesto equis al estado para construir varias policlínicas y luego la diferencia de plata es tres veces mayor, ¿es solamente un error de cálculo?
¿No hay una falla en los controles –al menos- si le pagan de más a una empresa de limpieza?
El honestismo argentino del que habla Caparrós es tan elocuente que no da para comparaciones pero él ejemplifica con Fernando De La Rúa y cuando habla de Alfonsín menciona su final: murió pobre, ergo, fue un buen político.
A ver, lo que se viene publicando sobre los pagos de más en Asse y los contratos de obras del Sunca (hasta parece que los obreros habrían estado un tiempo en negro) son tan insólitos como las explicaciones que brindan las autoridades.
Un desliz.
Un error de cálculo.
Faltaron algunos controles.
“Se va a solucionar para el futuro”.
A ver de nuevo, ok, pongamos que no han robado, como –por ejemplo- Arana con el tema Bengoa, convengamos en que no se llevó un mango.
Aún en ese escenario, ¿Arana no debería pedir -al menos- disculpas a los vecinos de Montevideo, a los contribuyentes, por no haberse dado cuenta de lo que pasaba?
¿Y del maravilloso convenio que firmó con Adeom y los juicios millonarios en dólares que perdió?
¿La ministra Muñóz va a justificar (como lo hizo con Arana-Bengoa-Adeom) ahora con Asse y el Maciel que no sabía nada y no tenía porqué saberlo?
¿Alcanza con que sean solamente honestos?
A mi no.
Creo que a vos tampoco.
A algún amigo mío sí.
Le sugerí que votara a algún señor mayorcito de esos que le dan de comer a las palomas en las plazas que son casi todos buenos.
Pensé decirle que votara un cura pero me abstuve por miedo a que salga un Lugo criollo que tal vez anduvo escondiendo e ignorando hijos por todos lados.
Yo conozco gente honestísima de esa que camina cinco cuadras de nuevo en invierno para ir al almacén a devolver dos pesos si es que le dieron el vuelto de más.
No es el caso de la esposa del senador Huidobro.
No fue a devolver las monedas al Maciel.
Es más no va a devolver nada.
Lo va a canjear por horas futuras de trabajo.
Honestismos aparte, se supone que votamos tipos con ideas para mejorar un país.
Casualmente, tu país, mi país.
De inteligencia, capacidad, ideas, eficiencia y gestión, ni hablamos entonces…
Ok…
Ta bien, perdón, no te enojes… solo preguntaba.
Es una suerte de “son burros pero honestos…”.
“Son incapaces pero no roban…”.
“Son un desastre gestionando y administrando, no les importa un pomo tirar a la basura la plata de los contribuyentes porque lo hacen de despistados…”.
Los delincuentes o corruptos siempre son los otros.
Los tuyos no los míos.
Los que están del otro lado del mostrador como bien dice mi querida amiga Anita Roslik.
En Argentina, se suele investigar a los presidentes por corrupción después que dejan el poder.
Casi nunca durante.
Una mera coincidencia o mejor dicho, descoordinación de tiempos entre la Justicia y la política.
Ahora, que el kirchnerismo comenzó su declive de poder, llega el fin de una era hegemónica.
A la senadora ultra K. denunciada por quedarse con casi todo el sueldo de un asesor la están acorralando en un juzgado.
Y renunció su abogado.
A diario se presentan nuevas pruebas por el enriquecimiento de los Kirchner.
Y la Justicia los comenzó a investigar.
Ya habían procesado antes a De La Rúa y a Menem.
Acá la Justicia investiga poco.
Debería hacerlo más.
Y no solo hablo de Gavazzo o del Goyo.
Hablo de investigar a todos por igual.
A Braga, a Cambón y a todos los demás.
Los tuyos y los míos.
Preferentemente durante, no después.
Durante acontecen las presuntas irregularidades o desprolijidades, por ejemplo, si el vicepresidente aumenta su patrimonio y se “olvida” de mencionar un par de asuntitos en su declaración jurada.
Se llama Rodolfo Nin Novoa.
Y ahora se lo puede ubicar en el Palacio Legislativo.
Tiene una changa ahí, como dice el sabio Pepe.
Eso sí, que llamen antes, no vaya a ser que no lo encuentren porque faltó a laburar.
Martín Caparrós (¿te conté que lo admiro profundamente? Ta ok, es el Alzheimer… perdón) escribió: “La justicia en la Argentina es más o menos eso: una banalidad que repetimos tanto. La justicia en la Argentina es, para empezar, una institución que funciona tan mal como todas las otras” (…) La justicia en la Argentina es, para seguir, el espacio de una desigualdad constante, donde es muy distinto ser cuarentón lechoso que morocho jovencito, donde zafan los que pueden pagarse buenos abogados y capotan los que no: donde las diferencias de clase y los vericuetos leguleyos son mucho más eficientes que cualquier razón o verdad.
La justicia en la Argentina es, para seguir siguiendo, la instancia donde depositamos la esperanza de que alguien haga lo que no hacemos: ante los infinitos delitos visibles –no los ocultos– que cometen los que ocupan el poder político, la sociedad no los sanciona con política –con movilización, votos, repudios varios– sino que espera que alguna vez, cuando pierdan su silla, los agarre la justicia y haga algo”.
Me hubiera gustado tener la ínfima parte de su capacidad para decir eso mismo que pienso pero de acá.
Con honrosas excepciones, acá pasa algo tan parecido, que me asusta un poquito.
Un muchito en realidad.