El 2 de setiembre de este año escribí y publiqué en mi Blog algunas líneas sobre la campaña y las elecciones que dos meses después se iban a desarrollar (N: “El voto que el alma pronuncia”).
Por entonces, arreciaban los cuestionamientos y la artillería pesada de blancos y colorados hacia el candidato José Pepe Mujica.
Claro que aún era impensado, ilógico y hasta ridículo suponer que el más cruel de los puñales se lo iba a clavar Tabaré Vázquez, aunque no por la espalda, sino meditada y razonadamente, bien de frente.
Y peor aún, en el momento donde más duelen los golpes: en esa suerte de "último round" de la recta final de la campaña.
Vázquez, entonces, olvidó una vez más, que su condición de Presidente fue también posible gracias al aporte de un par de votos que sumó y le arrimó José Mujica en 2004.
Un desliz.
“Mujica dice estupideces”, fue –sin dudas, por destrozo- el mejor argumento de Luis Alberto Lacalle para afrontar su campaña mediática y se constituyó en la principal arenga lógica, sincera, real y concreta de porqué no era “confiable” votar a Mujica, teniendo en cuenta –con absoluta lógica- que el propio Vázquez lo denostaba tan groseramente a los cuatro vientos.
De traiciones y miserias, está repleta la historia política del país.
Empero, también lo está, en idéntica proporción, de desprendimientos y grandezas.
Personalmente, creo que traiciones como la de Vázquez no se digieren fácilmente.
Por entonces, arreciaban los cuestionamientos y la artillería pesada de blancos y colorados hacia el candidato José Pepe Mujica.
Claro que aún era impensado, ilógico y hasta ridículo suponer que el más cruel de los puñales se lo iba a clavar Tabaré Vázquez, aunque no por la espalda, sino meditada y razonadamente, bien de frente.
Y peor aún, en el momento donde más duelen los golpes: en esa suerte de "último round" de la recta final de la campaña.
Vázquez, entonces, olvidó una vez más, que su condición de Presidente fue también posible gracias al aporte de un par de votos que sumó y le arrimó José Mujica en 2004.
Un desliz.
“Mujica dice estupideces”, fue –sin dudas, por destrozo- el mejor argumento de Luis Alberto Lacalle para afrontar su campaña mediática y se constituyó en la principal arenga lógica, sincera, real y concreta de porqué no era “confiable” votar a Mujica, teniendo en cuenta –con absoluta lógica- que el propio Vázquez lo denostaba tan groseramente a los cuatro vientos.
De traiciones y miserias, está repleta la historia política del país.
Empero, también lo está, en idéntica proporción, de desprendimientos y grandezas.
Personalmente, creo que traiciones como la de Vázquez no se digieren fácilmente.
Tiene un mes histórico por delante, para intentar revertir su zancadilla política y ponerse el overol en defensa de un proyecto de país que él mismo encabezó y lideró notoriamente con más aciertos que errores.
Las miserias, como las de tantos frentistas que no colocaron la papeleta rosada para derogar una ley inmunda, nauseabunda y vergonzosa como ninguna, tampoco.
Personalmente, la no derogación de la Ley de Impunidad es algo que no lo voy a olvidar ni lo voy a comprender el resto de mi vida.
No.
Me lo explicará la historia –como suele hacerlo- con los años, de manera más desapasionada que los análisis que se pueden hacer por estas horas de calentura y vergüenza.
No importa, aunque viva tres siglos más, la señora historia no me va a convencer y seguiré pensando –porfiadamente- que lo de anoche fue una indignidad colectiva de esas que duelen en el alma.
Empero, ahora vendrá el tiempo de la grandeza.
Las palabras de Mujica al cierre de su acto anoche tuvieron una vez más, la sabiduría del que se cayó y se levantó mil veces.
“Nunca nos convencerán de que este país no necesita saldar su pasado con Justicia. Acatamos y respetamos íntegramente lo que decide este pueblo por mayoría, pero seguiremos caminando y luchando" dijo Mujica anoche.
La Justicia no depende de voluntarismos.
La Justicia supone legalidad y normas del derecho y compromisos internacionales asumidos como Estado integrado a la comunidad internacional.
La Suprema Corte de Justicia hace unos días declaró por unanimidad que esta Ley es inconstitucional.
La indiferencia de muchos, contrastó con el firme compromiso con la legalidad -serio, objetivo, fundamentado- de una de las mejores SCJ que recuerde la historia jurídica del país.
Las miserias, como las de tantos frentistas que no colocaron la papeleta rosada para derogar una ley inmunda, nauseabunda y vergonzosa como ninguna, tampoco.
Personalmente, la no derogación de la Ley de Impunidad es algo que no lo voy a olvidar ni lo voy a comprender el resto de mi vida.
No.
Me lo explicará la historia –como suele hacerlo- con los años, de manera más desapasionada que los análisis que se pueden hacer por estas horas de calentura y vergüenza.
No importa, aunque viva tres siglos más, la señora historia no me va a convencer y seguiré pensando –porfiadamente- que lo de anoche fue una indignidad colectiva de esas que duelen en el alma.
Empero, ahora vendrá el tiempo de la grandeza.
Las palabras de Mujica al cierre de su acto anoche tuvieron una vez más, la sabiduría del que se cayó y se levantó mil veces.
“Nunca nos convencerán de que este país no necesita saldar su pasado con Justicia. Acatamos y respetamos íntegramente lo que decide este pueblo por mayoría, pero seguiremos caminando y luchando" dijo Mujica anoche.
La Justicia no depende de voluntarismos.
La Justicia supone legalidad y normas del derecho y compromisos internacionales asumidos como Estado integrado a la comunidad internacional.
La Suprema Corte de Justicia hace unos días declaró por unanimidad que esta Ley es inconstitucional.
La indiferencia de muchos, contrastó con el firme compromiso con la legalidad -serio, objetivo, fundamentado- de una de las mejores SCJ que recuerde la historia jurídica del país.
La preside un jurista fantástico, al que lo elogian sus pares y eso se comprueba cada vez que uno anda hurgando por los pasillos del off the records de los juzgados.
Se podrá decir que la SCJ no hizo nada extraordinario.
Hizo lo que correspondía.
Ni más ni menos.
Estudio, analizó y fundamentó, un fallo histórico.
Si, pero eso -nada menos- se llama estar a la altura de las circunstancias.
Nada menos.
Algo que no se condice con la actitud ciudadana de ayer.
No estuvimos a la altura.
Anoche, José Mujica recordó que lo imposible “cuesta un poquito más”.
Y bueh, habrá que esforzarse un muchito más entonces.
Justicia tiene que haber.
Y bueh, habrá que esforzarse un muchito más entonces.
Justicia tiene que haber.




