Cuando dejé el liceo 28 ahí donde está ahora, igualito, en Bulevar España y Ellauri, tomé dos caminos paralelos: estudiar Derecho y Música.
Primera sorpresa: cuando me fu a inscribir para ser un “Doctor”, entré a la Facultad como perico por su facu.
No me pidieron más que un papelito chiquito con un sello y una firma que acreditaba mi condición de admisible para esa casa de estudios.
Cuando, el mismo día, una hora después me fui a inscribir en la correspondiente Facultad para iniciar formalmente mi carrera de músico, me avisaron que no era tan fácil entrar allí y que tendría que rendir un examen de ingreso.
Fue mucho más fácil para mi acceder a las normas jurídicas y a los códigos que a los acordes y a las corcheas.
Mozart, Shostakovich, Rachmaninoff y tantos otros desvelaron infinitas horas nocturnas entre partituras, contrapuntos, atriles y suites.
Una de las mayores discusiones que por aquellos días yo sostenía con grandes artistas como mi maestra Alba Tonelli y queridos compañeros de la Escuela Universitaria de Música era la ausencia de materias tales como jazz, tango, folclore, blues y la casi totalidad del “resto” del abanico que no era considerado como “música culta”.
La discusión fermental y enriquecedora casi siempre se terminaba cuando yo pedía que me señalaran cuál era la música “inculta” y entre risas y cargadas rápidamente pasabamos a estudiar alguna otra partitura “culta”.
Tuve -además- el privilegio de cantar para auditorios llenos de criticos de arte y conspícuos espectadores que ocupaban hermosas butacas en salas y teatros maravillosos de Londres, París o Venecia y tuve el mismo provilegio de cantar -por ejemlo- en una oportunidad inolvidable, para dos solitarios espectadores, conspícuos parroquianos de una taberna de dudoso prestigio académico aunque con su orgulloso prontuario de anécdotas de vida de bohemia y bajofondo.
Antes, los periodistas deportivos debatían si los jugadores de la selección eran menos patriotas que los argentinos porque no cantaban el himno antes de los partidos.
A Francescoli se lo cuestionaba porque mascaba un chiclet mientras sonaba el himno, algo que –convengamos- era bastante desagradable de ver.
A que viene la introducción? es que retomo el guante de la música “culta” como siempre (porfiado? si de chiquito…): no me extrañó que se alzaran voces crispadas porque un murguista haya cantado el himno a marcha camión por la sencilla razón que vivimos aún en el reino de la discriminación de las palabras.
Si la bolsa de New York tiene una jornada de crisis se la llama “viernes negro”.
Si un cuadro de fútbol (pongamos Nacional como ejemplo casual y reiterado en la historia) entra a una cancha y juega horrible, el hincha común dice “son una murga”.
“La mano negra” como contrapartida de los delitos de “guante blanco” no deja mucho margen de suspicacia.
Hace poco en Buenos Aires se realizó una campaña que precisamente intentaba denunciar esta “discriminación de las palabras” que han quedado incorporadas al cotidiano de muchos.
"¡No llores, maricón!", "¡Andá a lavar los platos!", "¡Gordo, al arco!", "Es un negro villero", "¡Dale, mogólica!", "Y qué querés, son bolitas.", eran algunas de las frases que interpelaban desde los muros.
Discriminar es mucho más peligroso que lo que supone una mera broma dicha sin mucha consistencia.
Los ghettos encierran ignorancia o en el mejor de los casos, liviandad.
Invito a repasar decenas de versiones del himno uruguayo cantadas por tenores y sopranos de manera lamentable, desafinada, sin el menor gusto ni musicalidad ni pompa ni circunstancia.
En tantos años de recorrer tablados aquí y allá (algunos de tablones en humildes barrios de Montevideo o el interior, y otros tablados un poco más formales en Universidades, Facultades y Teatros de Europa) aprendí a desconfiar de las verdades absolutas.
Y mucho más en materia de arte.
La versión de Freddy Bessio del himno a mi personalmente me gustó mucho.
Y podría argumentarlo desde el plano conceptual y estético.
Me pareció fina.
Infinitamente más fina y de buen gusto que la mayoría de las interpretaciones que escucho casi siempre.
Acepto que a muchos no les haya gustado.
Al menos, opino desde el pedestal de la autosuficiencia de conocimiento de causa por el estudio y desde el llano del “público en general”.
Traducido: me considero un amante de la buena musica, la tan culta como inculta.
Y trato de no discriminar a ninguna de los dos.






