domingo 22 de noviembre de 2009

Música culta



Cuando dejé el liceo 28 ahí donde está ahora, igualito, en Bulevar España y Ellauri, tomé dos caminos paralelos: estudiar Derecho y Música.
Primera sorpresa: cuando me fu a inscribir para ser un “Doctor”, entré a la Facultad como perico por su facu.
No me pidieron más que un papelito chiquito con un sello y una firma que acreditaba mi condición de admisible para esa casa de estudios.
Cuando, el mismo día, una hora después me fui a inscribir en la correspondiente Facultad para iniciar formalmente mi carrera de músico, me avisaron que no era tan fácil entrar allí y que tendría que rendir un examen de ingreso.
Fue mucho más fácil para mi acceder a las normas jurídicas y a los códigos que a los acordes y a las corcheas.
Mozart, Shostakovich, Rachmaninoff y tantos otros desvelaron infinitas horas nocturnas entre partituras, contrapuntos, atriles y suites.
Una de las mayores discusiones que por aquellos días yo sostenía con grandes artistas como mi maestra Alba Tonelli y queridos compañeros de la Escuela Universitaria de Música era la ausencia de materias tales como jazz, tango, folclore, blues y la casi totalidad del “resto” del abanico que no era considerado como “música culta”.
La discusión fermental y enriquecedora casi siempre se terminaba cuando yo pedía que me señalaran cuál era la música “inculta” y entre risas y cargadas rápidamente pasabamos a estudiar alguna otra partitura “culta”.
Tuve el privilegio de dirigir durante algunos años a los coros de la Facultad de Medicina, Facultad de Humanidades y el Coro Upsala.
Tuve el privilegio de dirigir joyitas compuestas por Palestrina, Tomás Luis de Victoria, Bach,
Piazzolla, Héctor Tosar, Tom Jobim, Jaime Roos, Eduardo Mateo, o María Elena Walsh para hacer una sínteis tan ecléctica como representativa de mi visión de la música y la cultura.
Tuve -además- el privilegio de cantar para auditorios llenos de criticos de arte y conspícuos espectadores que ocupaban hermosas butacas en salas y teatros maravillosos de Londres, París o Venecia y tuve el mismo provilegio de cantar -por ejemlo- en una oportunidad inolvidable, para dos solitarios espectadores, conspícuos parroquianos de una taberna de dudoso prestigio académico aunque con su orgulloso prontuario de anécdotas de vida de bohemia y bajofondo.
Esta semana leí muchos comentarios y escuché otros intercambios de opiniones tan respetables como divertidos si lo del himno en el partido de Uruguay fue una falta de respeto o estuvo hecho con cuidado y con altura.
Antes, los periodistas deportivos debatían si los jugadores de la selección eran menos patriotas que los argentinos porque no cantaban el himno antes de los partidos.
A Francescoli se lo cuestionaba porque mascaba un chiclet mientras sonaba el himno, algo que –convengamos- era bastante desagradable de ver.
A que viene la introducción? es que retomo el guante de la música “culta” como siempre (porfiado? si de chiquito…): no me extrañó que se alzaran voces crispadas porque un murguista haya cantado el himno a marcha camión por la sencilla razón que vivimos aún en el reino de la discriminación de las palabras.
Si la bolsa de New York tiene una jornada de crisis se la llama “viernes negro”.
Si un cuadro de fútbol (pongamos Nacional como ejemplo casual y reiterado en la historia) entra a una cancha y juega horrible, el hincha común dice “son una murga”.
“La mano negra” como contrapartida de los delitos de “guante blanco” no deja mucho margen de suspicacia.
Hace poco en Buenos Aires se realizó una campaña que precisamente intentaba denunciar esta “discriminación de las palabras” que han quedado incorporadas al cotidiano de muchos.
"¡No llores, maricón!", "¡Andá a lavar los platos!", "¡Gordo, al arco!", "Es un negro villero", "¡Dale, mogólica!", "Y qué querés, son bolitas.", eran algunas de las frases que interpelaban desde los muros.
Discriminar es mucho más peligroso que lo que supone una mera broma dicha sin mucha consistencia.
Los ghettos encierran ignorancia o en el mejor de los casos, liviandad.
Invito a repasar decenas de versiones del himno uruguayo cantadas por tenores y sopranos de manera lamentable, desafinada, sin el menor gusto ni musicalidad ni pompa ni circunstancia.
En tantos años de recorrer tablados aquí y allá (algunos de tablones en humildes barrios de Montevideo o el interior, y otros tablados un poco más formales en Universidades, Facultades y Teatros de Europa) aprendí a desconfiar de las verdades absolutas.
Y mucho más en materia de arte.
La versión de Freddy Bessio del himno a mi personalmente me gustó mucho.
Y podría argumentarlo desde el plano conceptual y estético.
Me pareció fina.
Infinitamente más fina y de buen gusto que la mayoría de las interpretaciones que escucho casi siempre.
Acepto que a muchos no les haya gustado.
Al menos, opino desde el pedestal de la autosuficiencia de conocimiento de causa por el estudio y desde el llano del “público en general”.
Traducido: me considero un amante de la buena musica, la tan culta como inculta.
Y trato de no discriminar a ninguna de los dos.

viernes 13 de noviembre de 2009

Maldito Bastardo

Las nimiedades de la vida no suelen permitirnos valorar ciertas maravillas que nos regala el enigmático señor destino que –se sabe- suele jactarse de su ironía y adora hacer alarde de su capacidad para sorprendernos en cada rincón de las esquinas de nuestras fugaces vidas.
Acaso por encontrarme navegando días turbulentos y las tempestades de la agenda moral me desvelan los sueños del presente, hice un esfuerzo titánico y me detuve un instante a disfrutar el bosque y no el enano bonsái que casi siempre –indefectiblemente- nos ahoga la vorágine del día a día.
Mi amigo Antonio Scuro es fotoperiodista. Además es un gran tipo, gran artista de la imagen, gran padre, gran desprolijo, gran hincha de Malvín, gran bebedor, gran hincha de Peñarol, gran bohemio, gran progresista, un tipo divertidísimo, y por si faltara algo, amigo de sus amigos.
Ah, y además tiene el rostro de granito más indestructible que –personalmente- jamás haya conocido.
El le dice al más pintado lo que piensa (excusándose en su simpatía y su sonrisa) como creo que jamás se lo ví hacer a nadie.
“Cómo podes compartir la fórmula presidencial con esto?”, “Che negro” (a un ministro) “¿Cómo mierda vamos a hacer para ganar la elección?”,“¿Bo, este turro piensa seguir hablando?” y otras por el estilo son moneda corriente en sus diálogos y en buena parte de sus historias cotidianas.
Y las XXX ni te las cuento… involuntaario testigo de sórdidas historias de pulcros personajes durante el día y oscuros protagonistas de sexo vip, gatas cocainómanas de la night montevideana y sexo casual because, Business are Business… uffff…
De esas mejor no hablar, y mi amigo Antonio te las decodifica con la sabiduría de la street y la experiencia de las miles de noches laburando al palo, porque, como dice Jaime, la foto tiene que salir.
El gran fotoperiodista Antonio Scuro es además un tipo que tiene la crueldad y la maldad del humor descarnado para destrozarte en dos segundos –empero- sin agredirte.
Eso lo convierte en un tipo tan adorado y tan querido como casi temido.
Acaso por ello –en el ambiente periodístico- casi nadie sabe que se llama Antonio (en realidad Scuro es su alias) y todos lo ubican por su verdadera identidad: “el Chucky”.
Hace poco, un accidente casi se lo lleva allá abajo, con el cupletero que se viste de rojo y anda rondando por acá con un tridente y unos cuernos amenazantes.
Obvio que cuando le enviaron por mail o le escribieron en el muro del infierno del Facebook del demonio, algunos de los antecedentes (currículum, bah) del Chucky, el flaco de abajo dijo que prefería a Borsari, a Penadés, a Huidobro, a García Pintos y a Fasano juntos (aunque se los enviaran a todos envueltos en un paquete pacocasalesco) antes que recibir al Chucky…
Será diablo, será demonio, pero no es boludo…
Malo sí, pero gil no.
"Gil naaaa… " dijo el de abajo...
Felizmente para muchos, y calvario seguramente de otros tantos, se está recuperando.
Felizmente para mí, y luego de ese terrible accidente, lo pude recuperar desde hace un tiempo, como compañero de trabajo, compañero de ruta, compañero de historias, cómplice de coartadas para sonreír en esta vida.
A veces pienso que -en cierta medida- en algunas de las vivencias, somos como hermanos separados al nacer.
Lo bueno de esto, suele suceder cuando los reencuentros te demuestran que el tiempo no puede modificar la esencia.
Acaso porque este viernes lluvioso, cierre de otra semana porfiadita y agotadorita como tantas otras, pensé que por ahí no estaba de más dedicarle un paréntesis al mal humor y por ello dedicarle unas líneas catársicas a un gran tipo que se llama Antonio Scuro.
Un orgullo que sea –nuevamente- mi compañero de laburo en periodismo.
Y compañero de ruta en tantas otras vueltas de la vida.

viernes 6 de noviembre de 2009

Cadáveres Ilustres

Acaso como una remix de la noche de la nostalgia, o como una suerte de homenaje al día de los difuntos que recordamos esta semana, los ilustres cadáveres políticos que hundieron al Partido Colorado -hasta lograr casi su extinción- luego de (des)gobernarnos, acaban de sentenciar el resultado electoral de las próximas elecciones y han logrado aventar cualquier atisbo de duda o sospecha sobre la interrogante de quiénes van a conducir el país los próximos años.
En vano fueron los fantásticos logros alcanzados por el inteligente y capacitado líder colorado Pedro Bordaberry en las recientes elecciones nacionales, obteniendo una aplastante mayoría en su partido, a puro sacrificio y mérito propio. Bien alejado de la mochila de su letalmenteapellidoherenciadopadre.
Vanos esfuerzos.
Los ilustres cadáveres políticos -apestando con su olor a naftalina- desempolvaron los sobretodos del viejo Pepe (ilustre estadista, si los hubo) y sintieron la incontenible necesidad de salir al ruedo, bajar a la arena, bajar al subsuelo de la política para intentar -desesperadamente agónicos- manotear su ahogado vano recurso de enlodar la cancha.
A ver, para decirlo sin vueltas, todos sabíamos que en estos días se iban a producir ataques desesperados contra un eventual nuevo gobierno de un concepto progresista -infinitamente más humano, solidario, digno y honesto- que los que conceptualmente distantes (asumamos) elegimos, soportamos, sufrimos, padecimos, democráticamente hace unos años atrás los uruguayos.
Ahora, Julio Sanguinetti (si, el que se jactó que nunca perdió una huelga), Jorge Batlle (sí, el que nos sumió en la peor crisis económico-financiera que recuerde nuestra historia mientras el Banco Central miraba para el costado) y Luís Alberto Lacalle (si, el que fundió la industria nacional y otorgó el ínfimo e insignificante Ministerio de Economía, al grandioso gestor mundial de las admirables Safi, don Ignacio de Posadas) salieron a la palestra a denunciar a los cuatro vientos y medios que el delirante delincuente Feldman tenía desde hace años conexiones con el FA.
Obvio.
Obvio es lo que está pensando usted en este momento –estimado amigo lector- esto es una imbecilidad que no ameritaría distraer un par de minutos de nuestras opacas y huecas vidas.
Y sin embargo pienso -creo- que tenemos que dedicarle algo de nuestro tiempo porque de esta estupidez tan vulgar surgen -al menos- dos consideraciones medianamente palpables.
La primera es que la Justicia de este país es mucho más digna que lo que el colectivo social considera: es decir –traducido- el Juez de la causa citó al ex presidente Jorge Batlle y al escuchar en su declaración que no tenía prueba alguna para sostener y sustentar las acusaciones infantiles de Batlle sobre el plan macabro lo archivó literalmente al ex presidente y además, expresó a los medios que no piensa citar a ningún otro político que no tenga nada más consistente que “acusaciones políticas” para embarrar la cancha de la desesperación.
La segunda constatación es que a pesar de la lamentable, pobre, pobrísima, paupérrima campaña mediática y política que viene desarrollando el FA, y a pesar de dormir con el enemigo en casa (tengo que aclarar que me refiero a las insistentes declaraciones de Tabaré Vázquez? Ok, ta bien, entendí... no hace falta que me grites…) el próximo gobierno será la continuidad de un proyecto de país infinitamente mejor que los otros que conocimos.
La chochera de mis años a cuesta, me hace reiterar una y mil veces algo que pienso -sincera, racional y emocionalmente- que estamos ante la opción de dos visiones tan antagónicas como contradictorias (a pesar que Tabaré Vázquez opine lo contrario, para poder sembrar unas semillas más para “su” 2014).
Un gobierno –reitero- infinitamente más humano, solidario, digno y honesto que los que conocimos los que nos criamos en la pos dictadura y que pienso es lo que nos merecemos los uruguayos para profundizar lo mucho bueno que se hizo en estos cinco años.
Y esa es la verdadera opción.
El aspecto físico, el mal/buen humor, la ironía, la sutileza, la edad, el valor de sus casas, son aspectos ínfimos.
Si uno vive en un palacio de Carrasco y el otro en un sucucho, para mí es un detalle tan mínimo como su aspecto físico.
Y adjetivo palacio y sucucho deliberadamente... Obvio...
Cada uno de ellos son como son y debemos respetar que sean como ellos quieren ser.
Ahora bien, los proyectos de país son abismalmente diferentes.
Y en muchos planos opuestos, aunque no en todos.
En muchos sí, son contradictorios.
Felizmente, para el país que deseo fervientemente para mis hijos (a pesar de la maquinaria mediática, a pesar de sus ataques descontrolados, a pesar de los ataques de Tabaré Vázquez al proyecto de país y de su propio amigo Danilo Astori) el próximo gobierno va a profundizar muchas de las cosas buenas que comenzó a elaborar esta administración frenteamplista.
Y eso va a ser posible porque los uruguayos solemos ver más y mejor las cosas que lo que nuestros dirigentes creen, y también, a que los ilustres cadáveres volvieron con sus discursos patéticamente huecos, naftalínicos como ningunos otros, que ya no asustan ni a un niño de dos meses de inteligencia política.
Traducido? no se han dado cuenta que no somos taaaaaan pelotudos como ellos nos consideran...
Obvio...