Había una vez, en un bosque (que quedaba en la calle Garibaldi) donde –felizmente- conocí a un maravilloso fotoperiodista, insisto, inmenso fotógrafo, espectacular artista, divino amigo, adorable persona.
Se llama Leo Barizzoni, hijo de un fantástico periodista con el que tuve el honor de compartir una redacción (hablo del gran –adorable- Cacho Barizzoni) de pie señores por favor y lo subrayo cada vez que lo nombro.
El inmenso Leo me enseñó a revelar fotos en papel (pssss… místico… ¿seremos viejos?) junto con Iván Franco, Pablo La Rosa, mi actual compañero (cómplice) de laburo Antonio Chuky Scuro y algunos más, en las insoportables horas nocturnas de insomnio laboral.
Leo es un artista de la vida.
El arte casi siempre lo traduce en fotos.
Otras, en arpegios y a veces, lo sugiere en las cuerdas de un bajo.
Otras –casi siempre- en su forma de mirarte, hablarte y tratarte.
Un encantador, el fantástico Leo.
Te encanta por donde lo mires o lo conozcas.
Imposible que no te encante.
Anoche lo vi tocar y lo escuché con su místico bajo, junto a una manga de peludos desastrozos pseudos músicos, en un antro deplorable y así todo, fue una velada inolvidable.
Obviamente, fue una noche encantadora porque Leo estaba encantándonos a todos.
Un monstruo mi querido amigo, el gigantesco Leo Barizzoni.
Te cuento -querido amigo lector- que el tipo es tan pero recontra tan humilde que anoche me contó que va a exponer un cachito de su arte en New York mientras hablabamos de las cervezas y de las divinas que andaban por ahí...
Adorable tipo, fantástico fotoperiodista, inmenso artista, el encantador Leo Barizzoni.



