Tuve un compañero de la gloriosa escuela Brasil (y luego nos fuimos en banda al Suárez) que se llama Jorgito Maestrone.
No se llama Jorge, se llama Jorgito por mérito a su inmadurez y a su calidez.
Se dedicó con los años a sufrir con Naciomal y con Trouville y también a las yerbas turísticas del este, donde conoció a su esposa.
A él, la vida le jugó una broma pesada.
El cáncer que le afectó a una de sus piernas supuestamente ya estaba superado.
Pasó el tiempo y las metástasis lo volvieron a encañonar y le apuntaron a la misma pierna.
La peleó con toda su fuerza y –especialmente- junto a su esposa Ana.
Ella es una mujer con los ovarios bien puestos.
Ejemplar.
No sale en los informativos ni en los diarios ni en los magazines pedorros de la mañana de la TV cuando llega “el día de la madre” o “el día de la mujer”, o etc…
Pero es una mujer ejemplar.
Ella, además de ser su esposa, es su compañera.
Mardraza y compañeraza (si es que existe el término) pero si no existe yo lo patento por ella.
Es una divina, aunque te caga a puteadas cada dos minutos.
Bueno, es que es de Rocha y cree que la patria nació y morirá allí y por eso se siente con la autoridad moral de cagarte a puteadas cada dos minutos.
Ahora que Jorge puede vivir dignamente como cualquier persona, celebra sus dos cumpleaños ya que fantásticos médicos holandeses le salvaron la vida.
Y yo –humildemente- le salvo sus cumpleaños cocinando los asados en su barbacoa y cantando para su flia y amigos.
Puede que alguno de ustedes amigos/as lectores/as se pregunten si esta experiencia de vida vale la pena gastar tinta o tipeos.
Ah, yo creo que si.
Por dos motivos: el primero porque intenta ser una luz de esperanza para quienes estan (estamos) pasando un momento extremo de salud.
Y en segundo lugar porque Jorge es un gran tipo y tiene al costado (no detrás como dice el dicho machista) a una gran mujer.
Y además tienen unos hijos maravillosos.
La semana que viene Jorgito me va a llevar al consultorio (creo que es en Atlántida) de alquien que hizo muchísimo por su vida y quiere que me transmita su energía.
Lo que Jorge no sabe es que ya me transmitió su inmensa energía (la de él) antes de partir en la búsqueda de su salvación en Holanda cuando me dijo –luego que le aconsejaran los grados 5 de acá que la única solución era amputarle medio cuerpo- ahí él me dijo llorando Alfre, yo no quiero que mis hijos vean a un monstruo como padre, si me tengo que pelar, me pelo con dignidad.
Lo que Jorge no sabe es que el mes que estuve internado en un centro intensivo de salud yo tenía escrita esa frase suya, -devastadora, adorable, sabia- dentro un cajoncito de mi mesa de luz.
Y como dice Nebbia, solo (nada más y nada menos) solo se trata de vivir.
Y esa es la historia.





