jueves 1 de diciembre de 2011

La memoria



Repasando fotos viejas, guardadas en algunas carpetas de mi (des) memoria, encontré una carpetita preciosa -llena de recuerdos vividos desde que la cigüeña decidió deshacerse de este bulto y optó por tirarme en estas tierras- hermosa carpetita que se llama “desde el alma”.
Y allí me encontré andando orgulloso en mi primer triciclo y el día que me saqué mi primer Sote.
Me vi recorriendo la sala de prensa, la vieja discoteca, las perillas de la consola y a mi viejo hablando en clave en plena dictadura, frente al micrófono de la 30. La auténtica 30 que fue un bastión contra la dictadura, no la mierda ésta de ahora.
Llena de Caras & (especialmente) Caretas.
Repasando la carpetita en la memoria la otra noche sentí que volví a estar ahí. Con mi pasado y mi presente a cuestas.
Estaban los recreos donde jugábamos a la mancha en el patio de la gloriosa Brasil.
Estaba cantando con Rabito y el inolvidable coro Siglo XXI donde conocí a inmensos tipos y a la madre de mis hijos.
Recordé mi primer beso en una kermesse de la escuela un sábado de noche, detrás del gimnasio. Inolvidable. (Que susto tenía, y a fuerza de ser sinceros, creo que estaba más asustado yo que ella).
Los terribles partidos de fútbol en la arena de la playa Pocitos al atardecer y después entrar corriendo como una horda de salvajes al agua para refrescarnos.
Cerquita de allí, íbamos a pescar con mi amigo Diego Araujo (el hijo del inolvidable y valiente Germán) a La Estacada.
Me acuerdo que un día nos acompañó Germán y casi se va al agua y nosotros lo tuvimos que “salvar” del chapuzón.
Eso nos valió sendos helados de frutilla y chocolate, obviamente.
Me ví jugando a la escondida en la calle Achiras con Guido Martinelli, Florencia y mi vecinita preferida Marianita.
Y pica por todos los compas… que el último libra a todos…
Mis primeros acordes. Mis primeras canciones.
La búsqueda del camino a seguir.
Las noches de Jazz en el sub suelo de la Alianza Francesa todos los jueves.
Los festivales corales, las corcheas, la primera vez que canté en el Solís y la primera vez que dirigí a un coro.
Sus miradas expectantes, esos ojitos mirándome a los míos y luego siguiendo de reojo mis manos. Las redacciones de los diarios con el nerviosismo absoluto cuando había una “bomba” política que confirmar y nos llegaba la hora de cierre. O las noches de elecciones, como aquella en la que cambiamos la tapa del diario con el Chancho Legnani y Gabriel Mazzarovich, cuatro veces.
Claro que la foto que hizo llorar por primera vez en esta “Noche de la Nostalgia” personal, fue ver crecer la panza de Gabriela mientras esperábamos a Maxi, hasta que un 26 de Agosto asomó su cabecita y se me aflojaron las piernas.
El lloraba a mares, pero cuando se lo apoyaron en el pecho a Gaby se calló; luego cuando lo levantaron para lavarlo volvió a llorar.
De los momentos más impresionantes de mi vida.
Ahí estaba la vida misma y la razón por la cual la madre es la madre y el latido del corazón es único.
Luego llegó el divino de Mauri (el Peli) para poner un poco de desenfado y humor ante tanta pompa y circunstancia en la familia.
Llegó “el fatalín”.
Parque del Plata, Piriápolis, Punta Colorada, San Francisco, Punta Ballena, Baires y Floripa y tantos otros lugares donde pasamos inolvidables días de vacaciones junto a mi querido amigo y mi cuñado del alma, Beto junto a Ale y sus tres maravillosos hijos Cake, Nico y Fede.
Y allí se entremezclaban las fotos de mis adorados hermanos Sandor y Gonzalo, las tardes en la Ámsterdam viendo a Morena, a Julio César Jiménez, a Bengoechea y al Tony.
Los estudios de grabaciones, mi parrillada, mi cyber, los cientos de escenarios de todo el planeta en los que actué, los partidos de cabeza en la arena o en la piscina de casa.
El Peli creciendo hasta convertirse en el hombrecito de 11 años que hoy es, abanderado del cole y deportista premiado, con la madurez, la ternura, el amor y la sabiduría que tiene y que hace que me haya dicho “papito, qué puedo hacer para que te cures”.
Vi una foto rara porque no estaba en el pasado sino en el presente y contenía las ganas inmensas que tengo de verlos crecer. Y mis noches de insomnio, llorando por miedo a perderme el resto de sus vidas. Así de clarita es la foto.
Bien nítida.
Por temer –tal vez- que más temprano que tarde tenga que irme.
Se que tengo una cita con la muerte pero espero y confío que su agenda este complicadita, al menos, por unos cuantos años más.
Me queda pendiente una foto difusa de una futura charla con mi padre, que seguro tendré por éstos días, entre el pasto, los mármoles y los bronces del Buceo.
Duele el dolor.
Asusta el miedo.
Pero que me quiten lo vivido y lo construido.
Quitármelo les va a costar un poquito más a Dios y al Diablo.
Y si me acorralan, tendré que pisar el acelerador como hizo Susan Sarandon en Telman & Louis.
Confieso que he vivido y todo está guardado en la memoria.
Refugio de la vida y de la historia
.
Y ésta es mi historia.
Sólo espero que demore un cachito en aparecer el cartelito es que dice “The End” porque tengo algunos asuntos pendientes que vivir.